
La urraca es un óleo de Claude Monet, pintado durante el invierno de 1868–1869 en el campo cercano a Étretat, en la costa de Normandía. Mide unos 89 por 130 centímetros. El cuadro muestra un campo cubierto de nieve recién caída, una valla baja de ramas entrelazadas que lo atraviesa y una sencilla puerta de madera. Sobre la puerta se posa una sola urraca, una pequeña forma oscura que al principio es fácil pasar por alto. Detrás de la valla se alzan árboles cargados de nieve y el tejado de una granja, todo suavizado por la pálida luz invernal.
A primera vista parece un paisaje tranquilo, casi vacío. Pero cuanto más se mira, más se descubre. La nieve no es un blanco uniforme: pasa del crema al amarillo, el rosa, el gris, el lila y el azul. La valla proyecta largas sombras sobre el suelo, y esas sombras no son grises ni negras, sino azules y violetas. Este cuidadoso estudio del color en la nieve convierte a La urraca en uno de los paisajes invernales más admirados del arte occidental. Hoy cuelga en el Museo de Orsay de París, que la adquirió en 1984.
Los últimos años de la década de 1860 fueron difíciles para Monet. Tenía poco dinero, su padre desaprobaba su relación con Camille Doncieux y el jurado del Salón rechazaba a menudo sus obras. En agosto de 1867 Camille dio a luz a su hijo Jean.
La ayuda llegó de Louis Joachim Gaudibert, un hombre adinerado de El Havre que admiraba la pintura de Monet. Gaudibert le compró obras, le encargó un retrato de cuerpo entero de su esposa, hoy también en el Museo de Orsay, y ayudó a conseguir una casa en Étretat donde Monet, Camille y el pequeño Jean pudieron vivir juntos durante el invierno. Por una vez, Monet podía pintar sin preocuparse constantemente por el alquiler.
En una carta a su amigo Frédéric Bazille escrita en esa época, Monet describía lo contento que estaba: pasaba los días al aire libre pintando junto al mar y en el campo nevado, y las tardes en casa, junto al fuego, con su pequeña familia. La urraca conserva algo de ese ánimo sereno. Es uno de los paisajes más grandes y ambiciosos que pintó aquel invierno.
Étretat es un pequeño pueblo costero famoso por sus altos acantilados de creta blanca y sus arcos naturales de piedra, como la Porte d'Aval, y por una roca puntiaguda que se alza en el mar llamada la Aiguille, «la Aguja». Monet regresaría en la década de 1880 para pintar decenas de vistas de estos acantilados con todo tipo de tiempo. Sin embargo, en el invierno de 1868–1869 también se volvió hacia el interior, hacia los tranquilos campos y granjas nevados que rodeaban el pueblo, y encontró allí un tema tan rico como el mar.
La nieve es uno de los temas más difíciles para un pintor. Como refleja casi toda la luz que recibe, cambia de color según el cielo, la hora del día y el ángulo del sol. Un pintor que se limita a usar pintura blanca obtiene una superficie plana y sin vida. Antes de los impresionistas, muchos artistas pintaban la nieve en el taller y usaban gris o marrón para sus sombras.
Monet salió y observó. Se dio cuenta de que en un día de invierno despejado las sombras sobre la nieve recogen el azul del cielo, mientras que las zonas soleadas brillan con amarillos y rosas cálidos. En La urraca pintó exactamente lo que veía: las sombras de la valla son azul violáceo, la nieve bajo el sol directo es cremosa y cálida, y la nieve en sombra es fría. Esta idea de las sombras de colores se convirtió en una de las señas de identidad del impresionismo.
Monet no fue el primero en sentirse atraído por las escenas invernales. El pintor realista Gustave Courbet, a quien Monet conocía y admiraba, había pintado varios paisajes nevados en la década de 1860. Pero Monet fue más lejos al convertir la luz y el color en el verdadero tema del cuadro.
Monet insistía en trabajar en plein air, al aire libre frente a su motivo, incluso en invierno. Los relatos de aquellos años lo describen de pie en la nieve durante horas con su caballete, envuelto en varios abrigos, con guantes y un calentador para los pies. Un periodista local recordó haberlo visto pintar un paisaje nevado con un frío tan intenso que la escena parecía casi imposible.
Trabajar al aire libre en invierno tenía problemas prácticos. La pintura al óleo se endurece con el frío, los dedos se entumecen y la luz cambia deprisa en los cortos días de invierno. El pintor tiene que trabajar rápido y decidir enseguida dónde va cada color. Estas condiciones ayudan a explicar la pincelada suelta y segura de La urraca, en la que la nieve está construida con muchas pinceladas visibles colocadas una junto a otra.
La urraca da nombre al cuadro, pero es diminuta comparada con todo el lienzo. Su papel es sobre todo visual. Es el punto más oscuro de un cuadro hecho casi por completo de tonos claros, así que la mirada va directamente a ella y luego recorre la valla y la nieve. Sin el pájaro, la composición parecería vacía; con él, la escena cobra vida y tiene un punto focal claro.
La urraca común es un ave frecuente en toda Europa y en gran parte de Asia. Pertenece a la familia de los córvidos, tiene un llamativo plumaje blanco y negro con un brillo azul verdoso y una larga cola, y permanece en la misma zona todo el invierno en lugar de migrar, por eso Monet pudo encontrar una en un campo nevado de Normandía. Las urracas son además conocidas por su gran inteligencia: en un estudio de 2008 se convirtieron en los primeros animales no mamíferos de los que se demostró que se reconocen en un espejo.
Monet presentó La urraca al Salón de París de 1869, y el jurado la rechazó. Para el mundo artístico oficial de la época, un gran cuadro de un campo nevado vacío con un pájaro sobre una puerta no era un tema serio, y sus pinceladas visibles y sus atrevidas sombras azules parecían demasiado extrañas e inacabadas.
Este rechazo fue uno de los varios que empujaron a Monet y a sus amigos a buscar otras formas de mostrar su obra. Unos años después, en 1874, organizaron su propia exposición independiente, en la que Monet presentó Impresión, sol naciente, el cuadro que dio nombre al movimiento. Hoy el juicio del jurado de 1869 se ve de otro modo: La urraca es uno de los cuadros más populares del Museo de Orsay y aparece a menudo en pósteres, calendarios y tarjetas navideñas.
El invierno siguió siendo uno de los temas favoritos de Monet durante toda su vida. Pintó más de cien escenas de nieve, entre ellas:
Entre todas estas obras, La urraca destaca como el momento en que el joven Monet mostró por primera vez, en un gran lienzo, cuánto color y cuánta vida pueden hallarse en un campo invernal. Es un recordatorio de que mirar con atención, incluso algo tan corriente como la nieve, puede revelar todo un mundo de colores.
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