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En 1889, París acogió la Exposition Universelle, una exposición universal que conmemoraba los cien años del inicio de la Revolución francesa. El Gobierno francés quería una pieza central espectacular que mostrara la capacidad industrial del país a millones de visitantes llegados de todo el mundo. Se convocó un concurso y se presentaron más de cien propuestas. Ganó un plan audaz de la empresa del ingeniero Gustave Eiffel: una torre de hierro abierta de 300 metros de altura, casi el doble que cualquier construcción levantada por el ser humano hasta entonces.
La torre se situó en el Campo de Marte, un gran espacio abierto junto al río Sena que en otro tiempo se había usado como campo de desfiles militares. Además, sirvió como gran arco de entrada a la exposición. Hoy se alza en un extremo de un largo parque, frente al Trocadero al otro lado del río, y se ha convertido en uno de los edificios más reconocibles del planeta.
Aunque la torre lleva el nombre de Gustave Eiffel, la primera idea no fue suya. En 1884, dos ingenieros principales de su empresa, Maurice Koechlin y Émile Nouguier, dibujaron un alto pilón formado por cuatro vigas de celosía que se unían en la cima. Al principio, a Eiffel no le entusiasmó demasiado. Entonces el jefe de arquitectura de la empresa, Stephen Sauvestre, reelaboró el diseño: añadió los arcos decorativos de la base, un pabellón de cristal en el primer nivel y otros detalles que daban a la estructura un aspecto más elegante.
A Eiffel le gustó la versión mejorada. Compró los derechos de la patente a Koechlin y Nouguier y puso todo el peso de su reputación al servicio del proyecto. Ya era famoso por sus atrevidas estructuras de hierro, como el viaducto ferroviario de Garabit, en el sur de Francia, y el esqueleto interior de hierro que sostiene la Estatua de la Libertad en Nueva York. Esa experiencia convenció a los organizadores de que su empresa podía construir de verdad algo tan alto.
Las obras de los cimientos comenzaron el 28 de enero de 1887. La torre se apoya en cuatro enormes patas, y cada una descansa sobre su propio cimiento de hormigón. Dos de las patas están cerca del Sena, donde el terreno es blando y húmedo, así que los obreros utilizaron cajas metálicas estancas llamadas cajones, llenas de aire comprimido, para excavar por debajo del nivel del agua sin que la excavación se inundara.
La parte más impresionante de la construcción tuvo lugar lejos del Campo de Marte. En los talleres de Eiffel en Levallois-Perret, en las afueras de París, los ingenieros elaboraron miles de planos detallados, y cada una de las 18 038 piezas de hierro se cortó y se perforó de antemano con gran precisión. Las piezas llegaban a la obra listas para encajar como en un enorme juego de construcción. Primero se sujetaban con pernos provisionales y después se fijaban de forma permanente con unos 2,5 millones de remaches. Cada remache se calentaba hasta ponerse al rojo vivo, se colocaba en su orificio y se aplastaba a martillazos, de modo que al enfriarse apretaba con fuerza el metal.
Las cuatro patas se inclinan hacia dentro y tenían que coincidir a la perfección en la primera plataforma, a unos 57 metros del suelo. Para conseguirlo, los constructores colocaron gatos hidráulicos y cajas de arena bajo los pies de las patas. Ajustándolos en cantidades minúsculas, podían inclinar cada pata hasta que las cuatro quedaran exactamente alineadas. Andamios de madera y torres provisionales sostenían las patas mientras aún se inclinaban sobre el vacío.
En la obra trabajaban a la vez entre 150 y 300 obreros. El trabajo, muy por encima de la ciudad, era peligroso, pero avanzó con una rapidez asombrosa. El 31 de marzo de 1889, poco más de dos años después del inicio de las obras, Gustave Eiffel subió a la cima e izó la bandera francesa. La torre se abrió a los visitantes en mayo de 1889, y casi dos millones de personas subieron a ella solo durante la exposición.
La elegante silueta curva de la torre no es mera decoración. Su forma responde sobre todo a un problema de ingeniería: el viento. En una estructura muy alta y estrecha, la fuerza del viento es un peligro mucho mayor que su propio peso. Eiffel y sus ingenieros calcularon la forma de las patas para que el empuje del viento sobre la torre se transmitiera con seguridad hasta los cimientos.
El diseño de celosía es igual de ingenioso. En lugar de muros macizos, la torre está formada por una red abierta de vigas y riostras. Así, el viento la atraviesa sin obstáculos, mientras que los triángulos que forman las barras de hierro hacen que la estructura sea muy rígida. El resultado es una torre que utiliza sorprendentemente poco material para su tamaño. Una comparación famosa afirma que, si se fundiera todo el hierro y se extendiera sobre la base cuadrada, formaría una capa de solo unos pocos centímetros de espesor.
El hierro se dilata al calentarse y se contrae al enfriarse. En un día caluroso y soleado, el lado de la torre que mira al sol se calienta más que el lado en sombra, por lo que la cima se inclina muy ligeramente en dirección contraria al sol. Los cambios de temperatura también pueden hacer que la altura de la torre varíe unos 15 centímetros entre un invierno frío y un verano caluroso. Con vientos fuertes, la cima oscila solo unos pocos centímetros, lo que demuestra lo estable que es el diseño.
No todo el mundo recibió bien la torre. En febrero de 1887, cuando todavía estaba en construcción, un grupo de conocidos artistas y escritores publicó una carta de protesta en el periódico Le Temps. Entre los firmantes estaban el arquitecto de la Ópera de París, Charles Garnier, el escritor Guy de Maupassant, el dramaturgo Alexandre Dumas hijo y el compositor Charles Gounod. Calificaron la torre proyectada de inútil y monstruosa y afirmaron que estropearía la belleza de París. Una conocida anécdota cuenta que Maupassant almorzaba después a menudo en el restaurante de la torre, porque era el único lugar de París desde el que no podía verla.
Eiffel respondió con calma a sus críticos. Sostuvo que una estructura construida según las verdaderas leyes de la resistencia y de la ingeniería podía tener su propio tipo de belleza. El público pareció darle la razón: la torre fue un enorme éxito durante la exposición y, con el tiempo, incluso muchos de sus antiguos críticos acabaron aceptándola.
La empresa de Eiffel tenía permiso para conservar la torre solo durante 20 años. Después, en 1909, la propiedad pasaría a la ciudad de París, que podría haberla derribado. Eiffel se esforzó mucho por demostrar que la torre era útil y no un simple adorno gigante.
La convirtió en un laboratorio al aire libre. Se instalaron instrumentos para estudiar el tiempo atmosférico, y Eiffel realizó experimentos sobre la resistencia del aire dejando caer objetos a lo largo de cables desde el segundo nivel. Más tarde construyó un túnel de viento cerca de la base de la torre para estudiar cómo fluye el aire alrededor de distintas formas, una investigación que ayudó al desarrollo temprano de los aviones. Y lo más importante de todo: impulsó experimentos con la telegrafía sin hilos, una forma temprana de la radio.
La torre resultó ser una antena excelente. El ejército francés empezó a utilizarla para comunicaciones por radio a larga distancia, y su valor militar fue una de las principales razones por las que se renovó el permiso. Durante la Primera Guerra Mundial, la estación de radio de la torre interceptó mensajes enemigos, lo que ayudó al ejército francés. Más tarde, la torre albergó emisoras de radio y después de televisión, y todavía hoy sostiene antenas de transmisión.
Justo debajo de la primera plataforma, en los cuatro lados de la torre, Eiffel hizo grabar en grandes letras doradas los nombres de 72 científicos, ingenieros y matemáticos franceses. Entre ellos figuran personajes como el físico André-Marie Ampère, el químico Antoine Lavoisier y el matemático Joseph Fourier. Eiffel quería rendir homenaje a las personas cuyos descubrimientos habían hecho posible una estructura como la suya. La lista tiene una ausencia notable: no incluye a ninguna mujer, pese a que matemáticas como Sophie Germain habían hecho aportaciones importantes a la teoría de la elasticidad, esencial para construir con metal.
Cerca de la cima de la torre, Eiffel tenía un pequeño apartamento privado donde podía trabajar y recibir invitados. Uno de sus visitantes más famosos fue el inventor estadounidense Thomas Edison, que acudió en 1889 durante la Exposición Universal. Los visitantes aún pueden ver hoy el apartamento, con figuras de cera de Eiffel y Edison en su interior.
Para proteger el hierro de la oxidación, la torre debe volver a pintarse con regularidad, aproximadamente cada siete años. Cada nueva capa requiere unas 60 toneladas de pintura, y el trabajo lo hacen a mano equipos de pintores con brochas. La torre no siempre ha tenido el mismo aspecto: a lo largo de su historia se ha pintado en varios tonos, desde un marrón rojizo en sus primeros años hasta tonos amarillentos y marrón bronce. Además, se pinta algo más oscura abajo y más clara arriba, para que parezca de un color uniforme contra el cielo.
Desde el principio, la torre tuvo ascensores, que en 1889 eran una maravilla moderna. Parte de la maquinaria de ascensores instalada en 1899 sigue en funcionamiento tras más de un siglo de mejoras y cuidadoso mantenimiento. Quienes prefieren caminar pueden subir más de 600 escalones hasta el segundo nivel. Por la noche, la torre se ilumina y, desde el año 2000, miles de luces intermitentes la hacen centellear durante unos minutos al comienzo de cada hora después del anochecer.
En 1925, un estafador llamado Victor Lustig se hizo pasar por funcionario del Gobierno y contó a varios chatarreros que la ciudad planeaba demoler la torre. Logró convencer a uno de ellos para que le pagara por el derecho a llevarse el hierro y luego huyó con el dinero. Sigue siendo una de las estafas más famosas de la historia.
La Torre Eiffel demostró que el hierro y un cuidadoso diseño matemático podían alcanzar alturas que parecían imposibles. Mostró el poder de la prefabricación, de los planos precisos y del trabajo en equipo, ideas que después marcaron la construcción de rascacielos, puentes y torres de transmisión en todo el mundo. También cambió la forma de entender la belleza en la arquitectura, al demostrar que una estructura diseñada abiertamente en torno a su ingeniería podía admirarse como arte.
Desde 1991, la torre forma parte del sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO que protege las riberas del Sena en París. Más de un siglo después de la fecha en que debía desmontarse, es el símbolo más conocido de París y de Francia, reproducida en recuerdos, películas y réplicas más pequeñas en todo el mundo. Un experimento temporal construido para una sola exposición se ha convertido en un monumento permanente y en un recordatorio de lo que pueden lograr la curiosidad, la ciencia y las ideas audaces.
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