
La mitología griega es el gran conjunto de relatos que contaban los antiguos griegos sobre sus dioses, sus héroes y el origen del mundo. Junto con los mitos de la antigua Roma, que tomó muchísimo de ella, forma lo que suele llamarse mitología clásica. Estas historias intentaban responder a grandes preguntas: ¿cómo comenzó el universo? ¿Por qué cambian las estaciones? ¿Por qué sufren las personas? ¿Qué hace admirable a alguien y qué provoca su caída?
Para los griegos, los mitos no eran un simple entretenimiento. Estaban ligados a la religión, a los rituales que se celebraban en templos y altares, y a la identidad de cada ciudad. Una ciudad podía afirmar que descendía de un héroe concreto, honrar a un dios determinado como su protector y celebrar fiestas en las que se representaban episodios de los mitos. Hoy, historiadores y arqueólogos estudian estas historias para comprender cómo funcionaban la sociedad, la religión y la política de la antigua Grecia, y también para entender cómo crean mitos los seres humanos.
Un rasgo sorprendente de la mitología griega es que nunca tuvo una versión oficial. No había escritura sagrada ni una autoridad central que decidiera qué relato era el correcto. Los mitos se transmitieron de boca en boca durante siglos, y cada región los contaba a su manera. Incluso los padres de un dios o la forma en que murió un héroe pueden variar de una fuente antigua a otra. Lo que llamamos «mitología griega» es en realidad un tapiz rico, a veces contradictorio, de tradiciones locales.
Las raíces de los mitos griegos son muy antiguas. Las tablillas de arcilla escritas en lineal B, la escritura de los griegos micénicos de la Edad del Bronce, ya mencionan hace más de tres mil años a dioses como Zeus, Hera, Poseidón, Hermes y Dioniso. Durante muchos siglos después, los relatos se mantuvieron vivos gracias a poetas y narradores que los recitaban en voz alta.
La literatura griega más antigua que se conserva está construida con mitos. Los dos grandes poemas épicos atribuidos a Homero, la Ilíada y la Odisea, se compusieron probablemente en el siglo VIII o VII a. C. La Ilíada narra unas pocas semanas del décimo año de la guerra de Troya, y la Odisea sigue al héroe Odiseo en su largo viaje de regreso a casa. Más o menos en la misma época, el poeta Hesíodo escribió la Teogonía, un poema sobre el nacimiento de los dioses, y Los trabajos y los días, que incluye las historias de Prometeo y Pandora.
Más tarde, en el siglo V a. C., los grandes dramaturgos de Atenas, Esquilo, Sófocles y Eurípides, convirtieron los mitos en tragedias representadas ante miles de espectadores. Autores aún posteriores reunieron y ordenaron los mitos: un manual conocido como la Biblioteca, atribuido tradicionalmente a Apolodoro, recoge muchos de ellos en un solo lugar, y el poeta romano Ovidio volvió a contar decenas de leyendas griegas en sus Metamorfosis. Los vasos pintados, las esculturas de los templos y las monedas también conservan versiones de mitos, a veces algunas que ningún texto conservado recoge.
Según Hesíodo, al principio existía el Caos, un inmenso vacío. De él surgieron Gea, la Tierra, junto con las oscuras profundidades del Tártaro y Eros, la fuerza del amor y la atracción. Gea dio a luz a Urano, el Cielo, y juntos engendraron a los titanes, una generación de deidades gigantescas y poderosas, además de los cíclopes de un solo ojo y otros hijos monstruosos.
Urano temía a sus hijos y los maltrataba, así que el titán más joven, Crono, lo derrocó y se convirtió en el soberano del universo. Pero Crono fue advertido de que uno de sus propios hijos le haría un día lo mismo. Para impedirlo, se tragaba a cada uno de sus hijos en cuanto nacía. Su esposa Rea salvó al último, Zeus, escondiéndolo en la isla de Creta y dándole a Crono una piedra envuelta en pañales para que se la tragara en su lugar.
Cuando Zeus creció, obligó a Crono a devolver a sus hermanos y hermanas. Siguió una gran guerra entre los dioses jóvenes y los titanes, conocida como la titanomaquia, que según Hesíodo duró diez años. Zeus liberó a los cíclopes, que en agradecimiento forjaron sus rayos, y con su ayuda los dioses jóvenes vencieron. La mayoría de los titanes derrotados quedaron encerrados en el Tártaro, y el titán Atlas fue condenado a sostener el cielo. Después, Zeus y sus hermanos se repartieron el mundo: Zeus se quedó con el cielo, Poseidón con el mar y Hades con el inframundo.
Los dioses principales se conocían como olímpicos porque se creía que vivían en el monte Olimpo, la montaña más alta de Grecia, que se eleva hasta unos 2900 metros. La lista habitual incluye a doce de ellos:
Hades, aunque era hermano de Zeus, no suele contarse entre los olímpicos porque vivía en el inframundo y no en la montaña.
A diferencia de los dioses de muchas otras religiones, los dioses griegos se parecían mucho a las personas y actuaban como ellas. Se enamoraban, guardaban rencor, tenían favoritos, discutían entre sí y a veces se portaban mal. La diferencia era que eran inmortales y enormemente poderosos. En lugar de sangre, por sus venas corría un fluido dorado llamado icor, y comían ambrosía y bebían néctar, el alimento y la bebida de la inmortalidad. Este carácter tan humano hacía que los mitos fueran dramáticos y fáciles de recordar, y permitía a los griegos explorar los celos, el orgullo, la lealtad y la justicia a través de ejemplos divinos.
Muchos mitos ofrecían explicaciones para los fenómenos naturales y las costumbres humanas. El más conocido es el de Deméter y Perséfone. Hades se llevó a Perséfone, hija de Deméter, al inframundo para que fuera su reina. Desconsolada, Deméter dejó de cuidar los cultivos y la tierra se volvió estéril. Finalmente, Zeus dispuso que Perséfone regresara, pero como había comido semillas de granada en el inframundo, tenía que pasar allí una parte de cada año. Mientras está abajo, Deméter guarda luto y nada crece; cuando vuelve, llega la primavera. El relato explicaba el ciclo de las estaciones.
Otros mitos trataban de la condición humana. El titán Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo dio a la humanidad, y Zeus lo castigó encadenándolo a una roca, adonde acudía un águila para atormentarlo; autores antiguos posteriores situaron esa roca en las montañas del Cáucaso. Zeus envió además a Pandora, la primera mujer según el relato de Hesíodo, que abrió una jarra de la que salieron al mundo la enfermedad, la fatiga y otros males, y dentro solo quedó la esperanza. La conocida expresión «caja de Pandora» procede de una traducción errónea del siglo XVI; en el original griego se trataba de una gran tinaja de almacenamiento.
Un tema recurrente es la hibris, el orgullo desmedido que lleva a los mortales a desafiar a los dioses o a ignorar los límites naturales. Ícaro, que volaba con alas de plumas y cera fabricadas por su padre Dédalo, desoyó la advertencia de no acercarse demasiado al sol; la cera se derritió y el joven cayó al mar. La tejedora Aracne presumió de ser mejor que Atenea y fue convertida en araña. Estos relatos recordaban a quienes los escuchaban que el orgullo, la imprudencia y la falta de respeto tienen un precio.
Entre los dioses y los seres humanos corrientes estaban los héroes, a menudo hijos de un dios y de un mortal. Sus aventuras figuran entre las historias más famosas que se han contado.
El mayor ciclo de relatos de todos fue el de la guerra de Troya. Comenzó cuando Paris, un príncipe de Troya, se llevó a su ciudad a Helena, esposa del rey Menelao de Esparta. Los griegos enviaron una enorme flota y la guerra se prolongó durante diez años. Entre sus héroes están Aquiles, el mayor guerrero griego, y Héctor, el noble defensor de Troya. La guerra terminó con el famoso ardid del caballo de madera, lleno de soldados escondidos. Curiosamente, la Ilíada termina antes de la caída de Troya y no describe el caballo; este se menciona en la Odisea y se narra con detalle siglos más tarde en la Eneida del poeta romano Virgilio. Del mismo modo, la historia de que Aquiles solo podía ser herido en el talón no aparece en Homero y procede de autores posteriores.
Los mitos estaban estrechamente unidos al culto. Los griegos construían templos como moradas de los dioses, cada uno con una estatua de la divinidad en su interior, mientras que los sacrificios y las oraciones se realizaban en altares situados fuera. El Partenón, en la Acrópolis de Atenas, estaba dedicado a Atenea, diosa protectora de la ciudad, y sus esculturas mostraban escenas de sus mitos. En Olimpia, santuario de Zeus, se celebraban en su honor los Juegos Olímpicos, según la tradición desde el año 776 a. C. La gran estatua de Zeus de oro y marfil que realizó allí el escultor Fidias figuraba entre las siete maravillas del mundo antiguo.
En Delfos, considerado el centro del mundo, la sacerdotisa de Apolo, llamada pitia, pronunciaba profecías para visitantes llegados de todo el mundo griego, entre ellos reyes y gobiernos de ciudades. Cerca de Atenas, los misterios eleusinos, ritos secretos vinculados a Deméter y Perséfone, atrajeron a iniciados durante muchos siglos. Los mitos también vivían en el escenario: los festivales teatrales de Atenas se celebraban en honor de Dioniso.
Desde la Antigüedad se ha intentado interpretar los mitos griegos. Algunos filósofos griegos criticaron a los poetas por mostrar a dioses que se comportaban de forma inmoral. En el siglo IV a. C., un escritor llamado Evémero propuso que los dioses habían sido originalmente gobernantes humanos reales a los que más tarde se adoró. Otros leían los mitos como alegorías, en las que los dioses representaban fuerzas de la naturaleza o ideas morales.
Los estudiosos modernos utilizan muchos enfoques. Algunos comparan los mitos griegos con los de otras culturas y encuentran paralelos sorprendentes, por ejemplo entre la sucesión de soberanos divinos de Hesíodo y relatos más antiguos de Oriente Próximo. Otros estudian cómo los mitos respaldaban reivindicaciones políticas, como el derecho de una ciudad a su territorio. La arqueología también ha desempeñado un papel: en la década de 1870, Heinrich Schliemann empezó a excavar un yacimiento del noroeste de Turquía que suele identificarse con Troya, lo que demostró que la ciudad de la leyenda tenía una ubicación histórica real. En Creta, el enorme palacio de Cnosos, de la Edad del Bronce, con sus estancias en forma de laberinto, se ha relacionado a menudo con la leyenda del laberinto.
Cuando los romanos conquistaron Grecia, adoptaron gran parte de su mitología e identificaron a los dioses griegos con los suyos: Zeus pasó a ser Júpiter; Hera, Juno; Atenea, Minerva; Afrodita, Venus; Ares, Marte; Hermes, Mercurio, y Poseidón, Neptuno. A través de Roma, estas historias se difundieron por toda Europa e inspiraron durante siglos a artistas, poetas y compositores, desde los pintores del Renacimiento hasta los novelistas y cineastas modernos.
La mitología griega también sigue viva en el lenguaje cotidiano y en la ciencia:
Incluso marcas comerciales, equipos deportivos y videojuegos se inspiran en estos antiguos relatos. Casi tres mil años después de Homero y Hesíodo, los dioses del Olimpo y los héroes que se enfrentaron a monstruos siguen estando entre los personajes más conocidos del mundo, prueba de que una buena historia sobre el valor, el orgullo, el amor y el destino nunca envejece de verdad.
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