
La psicología es el estudio científico de la mente y el comportamiento. Esta breve definición abarca un territorio sorprendentemente amplio: cómo vemos los colores y reconocemos las caras, por qué olvidamos los nombres, cómo aprenden a hablar los bebés, por qué las personas actúan de otra manera en una multitud que cuando están solas y qué ocurre en el cerebro cuando sentimos miedo o alegría. Los psicólogos estudian pensamientos, sentimientos, motivaciones, recuerdos y hábitos, tanto los que percibimos conscientemente como los procesos que funcionan en silencio sin que nos demos cuenta.
La palabra procede de dos raíces griegas: psyche, que significa aliento, espíritu o alma, y logos, que significa estudio o tratado. Literalmente, la psicología es el estudio del alma, aunque los psicólogos modernos hablan de la mente y del cerebro más que del alma.
La psicología no estudia solo a las personas. Muchos descubrimientos importantes surgieron de investigaciones con animales como perros, ratas, palomas y chimpancés. Como se ocupa tanto de la biología como de la sociedad, la psicología se sitúa en la frontera entre las ciencias naturales, como la biología y la neurociencia, y las ciencias sociales, como la sociología y la economía. Una sola pregunta, por ejemplo por qué los adolescentes corren más riesgos que los adultos, puede implicar a la vez el desarrollo del cerebro, las hormonas, las amistades y la cultura.
Los seres humanos se han hecho preguntas sobre la mente durante miles de años. El filósofo griego Aristóteles escribió un libro titulado Acerca del alma, en el que trataba la percepción, la memoria y la imaginación. Pensadores posteriores como René Descartes y John Locke discutieron si el conocimiento es innato o se aprende de la experiencia, un debate que continúa hoy como la cuestión de naturaleza frente a crianza. Sin embargo, durante la mayor parte de la historia, estas preguntas se respondieron mediante el razonamiento y la reflexión, no mediante la medición.
La psicología se convirtió en una ciencia independiente en el siglo XIX. La fecha clave que suele darse es 1879, cuando el científico alemán Wilhelm Wundt abrió en la Universidad de Leipzig un laboratorio dedicado a experimentos psicológicos. Wundt y sus estudiantes medían, por ejemplo, tiempos de reacción y pedían a voluntarios entrenados que describieran con cuidado sus sensaciones, un método llamado introspección. Muchos de sus alumnos fundaron después laboratorios en otros países y difundieron la nueva ciencia por Europa y Norteamérica.
En Estados Unidos, William James publicó en 1890 Principios de psicología, una obra enorme que trataba los hábitos, la atención, las emociones y el «flujo de conciencia». A James le interesaba menos descomponer la mente en partes diminutas que entender para qué sirve: cómo ayuda a los seres vivos a adaptarse a su entorno. Este enfoque se conoció como funcionalismo. Por la misma época, en 1892, se fundó la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), que hoy es una de las mayores organizaciones de psicólogos del mundo.
Durante el siglo XX, los psicólogos discreparon con fuerza sobre qué debía estudiar la psicología y cómo. Surgieron varias escuelas importantes, y cada una dejó una huella duradera.
El médico austriaco Sigmund Freud sostuvo que gran parte de nuestro comportamiento está impulsada por deseos y conflictos inconscientes, a menudo arraigados en la infancia. Desarrolló el psicoanálisis, una forma de terapia basada en la conversación, en la que los pacientes exploran sueños, recuerdos y sentimientos. Muchas de las teorías concretas de Freud son difíciles de comprobar científicamente y ya no gozan de aceptación general, pero su idea de que buena parte de la actividad mental ocurre fuera de la conciencia ha sido confirmada de otras maneras por la investigación moderna.
Los conductistas creían que la psicología debía estudiar solo lo que se puede observar y medir: la conducta. El fisiólogo ruso Iván Pávlov demostró que los perros podían aprender a salivar al oír un sonido que se había presentado repetidamente junto con la comida, un proceso que hoy se llama condicionamiento clásico. El psicólogo estadounidense John B. Watson convirtió el conductismo en un movimiento, y B. F. Skinner estudió cómo las recompensas y los castigos moldean la conducta, lo que llamó condicionamiento operante. Skinner entrenó a palomas y ratas para realizar tareas sorprendentemente complejas mediante pequeñas recompensas. Las ideas del conductismo se siguen usando hoy en la enseñanza, el adiestramiento de animales y las terapias para las fobias.
A mediados del siglo XX, psicólogos como Abraham Maslow y Carl Rogers consideraron que tanto el psicoanálisis como el conductismo dejaban fuera algo importante: el libre albedrío, el crecimiento personal y la búsqueda de sentido. Maslow es famoso por su jerarquía de necesidades, según la cual las personas deben satisfacer necesidades básicas como la comida y la seguridad antes de poder centrarse en la pertenencia, la autoestima y el desarrollo de todo su potencial. Rogers creó un estilo de terapia basado en la empatía y la aceptación.
A partir de la década de 1950, muchos investigadores argumentaron que el conductismo no podía explicar el lenguaje, la resolución de problemas o la memoria sin hablar de lo que sucede dentro de la mente. Inspirados en parte por las primeras computadoras, empezaron a describir la mente como un sistema que recibe, almacena y procesa información. Este cambio se conoce como la revolución cognitiva. En 1967, Ulric Neisser publicó un libro titulado Psicología cognitiva, que ayudó a dar nombre al nuevo campo.
Hoy la psicología trabaja estrechamente con la neurociencia. Los investigadores estudian cómo las hormonas, los genes y las sustancias químicas del cerebro influyen en el estado de ánimo y la conducta. Los psicólogos evolucionistas se preguntan cómo ciertas capacidades, como reconocer caras o temer a las serpientes, pudieron ayudar a sobrevivir a nuestros antepasados. La psicología moderna rara vez pertenece a una sola escuela; la mayoría de los investigadores combinan explicaciones biológicas, cognitivas y sociales.
Lo que convierte a la psicología en una ciencia es el uso de métodos rigurosos para poner a prueba las ideas. Una corazonada, por convincente que sea, es solo un punto de partida.
Los psicólogos también usan la estadística para decidir si un resultado probablemente es real o se debe simplemente al azar. En la década de 2010, la disciplina se enfrentó a lo que se conoce como la crisis de replicación: cuando los investigadores repitieron un gran número de estudios conocidos, muchos de los resultados originales no volvieron a aparecer. Esto condujo a reformas como publicar los planes de investigación por adelantado y compartir abiertamente los datos, cambios que están haciendo más fiables los hallazgos psicológicos.
La psicología se ha convertido en una familia de especialidades. Algunas se centran en la investigación básica, mientras que otras aplican el conocimiento para ayudar directamente a las personas.
En la década de 1880, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus memorizó largas listas de sílabas sin sentido y se puso a prueba a sí mismo en distintos intervalos. Descubrió que olvidamos con mayor rapidez poco después de aprender y que luego el olvido se ralentiza. También observó que repartir la práctica en el tiempo funciona mejor que estudiar todo de golpe, un hallazgo que hoy se llama efecto de espaciado.
En 1956, George A. Miller publicó un famoso artículo que sugería que las personas solo pueden retener a la vez unos siete elementos, más o menos dos, en la memoria a corto plazo. Investigaciones posteriores indican que el límite real podría ser aún menor, pero la idea central se mantiene: nuestra memoria de trabajo es limitada, y por eso agrupamos los números de teléfono en bloques.
En la década de 1950, Solomon Asch pidió a voluntarios que compararan la longitud de unas líneas, una tarea muy fácil. Pero las demás personas de la sala colaboraban en secreto con el investigador y a veces daban una respuesta claramente errónea. Muchos participantes siguieron al grupo al menos una vez, lo que demuestra lo fuerte que puede ser la presión social incluso cuando vemos la verdad con nuestros propios ojos.
En los famosos experimentos del malvavisco dirigidos por Walter Mischel en la Universidad de Stanford, a niños pequeños se les ofrecía una golosina en ese momento o dos si eran capaces de esperar solos un rato. Algunos niños esperaron, usando trucos ingeniosos como taparse los ojos o cantar. Estudios posteriores han mostrado que la capacidad de un niño para esperar también está relacionada con su situación familiar y con si confía en que la promesa se cumplirá, un buen ejemplo de cómo la psicología va afinando sus propias conclusiones con el tiempo.
La psicología no es algo que ocurra solo en los laboratorios. Sus hallazgos dan forma al mundo que nos rodea de muchas maneras prácticas.
La psicología ayuda a responder algunas de las preguntas más antiguas que los seres humanos se han hecho sobre sí mismos: por qué pensamos y sentimos como lo hacemos, cómo aprendemos y cómo podemos convivir bien. Sus métodos enseñan además un valioso hábito mental: en lugar de fiarte de una primera impresión, pregúntate cómo podrías comprobarla. Desde las aulas y los hospitales hasta los campos deportivos y el diseño del teléfono que llevas en el bolsillo, la ciencia de la mente y el comportamiento da forma discretamente a la vida diaria, y muchas de sus grandes preguntas, como la forma en que el cerebro da lugar a la conciencia, aún esperan respuesta.
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