
Se conocen más de 20.000 especies de abejas, pero solo un pequeño grupo son verdaderas abejas melíferas. Pertenecen al género Apis, dentro de Apidae, la familia de abejas más numerosa. Los científicos reconocen solo unas diez especies vivas de Apis, y lo más probable es que el género surgiera en el sur y el sudeste de Asia, donde todavía vive la mayoría de sus especies.
Tres rasgos distinguen a las abejas melíferas de casi todas las demás abejas. En primer lugar, son eusociales: viven en colonias grandes y permanentes, con una división del trabajo tan estricta que una abeja sola no puede sobrevivir mucho tiempo. En segundo lugar, construyen nidos duraderos formados por panales de celdas de cera de seis lados. En tercer lugar, almacenan el excedente de alimento en forma de miel, lo que permite a la colonia sobrevivir a inviernos fríos o estaciones secas sin flores. Esa reserva de comida dulce y rica en energía es justamente la razón por la que tantos animales asaltan los nidos de abejas, desde osos y tejones meleros hasta los recolectores humanos de miel.
La especie más conocida es la abeja melífera occidental (Apis mellifera), originaria de Europa, África y Asia occidental, que hoy los apicultores crían en todos los continentes excepto la Antártida. Entre sus parientes están la abeja melífera oriental (Apis cerana) de Asia, la abeja gigante (Apis dorsata), que cuelga enormes panales únicos de acantilados y árboles altos, y la diminuta abeja enana (Apis florea), cuyo panal, del tamaño de la palma de una mano, suele construirse alrededor de una rama delgada.
En verano, una colonia sana de abeja melífera occidental puede albergar decenas de miles de abejas. Sin embargo, todas pertenecen solo a tres tipos, llamados castas, cada uno con su propio cuerpo y su propia tarea.
Cada colonia tiene normalmente una sola reina, madre de casi todas las abejas de la colmena. Es más larga que las obreras y tiene un abdomen alargado, hecho para poner huevos. En el momento álgido de la temporada puede poner más de mil huevos al día. Pese a su título, la reina no da órdenes. Su principal forma de influencia es química: libera una mezcla de olores llamada feromona real, que se difunde por la colonia a medida que las abejas se tocan y se alimentan unas a otras. Esta señal indica a las obreras que hay una reina sana y les impide criar nuevas reinas. Una reina puede vivir varios años, mucho más que cualquier obrera.
Las obreras son hembras, pero normalmente no ponen huevos. Hacen todo lo demás: limpian, alimentan a las crías, construyen panales, vigilan la entrada, enfrían y calientan el nido y recolectan alimento y agua. Lo más sorprendente es que una obrera cambia de oficio a medida que envejece. Las obreras jóvenes se quedan dentro, limpiando celdas y alimentando larvas. Las de mediana edad producen cera, construyen panales y procesan el alimento. Solo en la última etapa de su vida la obrera se convierte en pecoreadora y sale volando a visitar flores. En verano, esta vida tan ajetreada dura solo unas cinco o seis semanas, mientras que las obreras nacidas en otoño pueden sobrevivir varios meses para que la colonia supere el invierno.
Los zánganos son los machos. Son más grandes y robustos que las obreras, con ojos enormes que se juntan en lo alto de la cabeza y les ayudan a localizar a una reina en vuelo. Los zánganos no tienen aguijón, no recolectan alimento y ni siquiera son capaces de alimentarse bien por sí mismos. Su única función es aparearse con reinas jóvenes de otras colonias. Cuando llega el otoño y escasea la comida, las obreras expulsan de la colmena a los zánganos que quedan.
Las abejas melíferas se desarrollan mediante una metamorfosis completa: huevo, larva, pupa y adulto. Toda abeja comienza como un huevo diminuto colocado en posición vertical en el fondo de una celda de cera. Al cabo de unos tres días eclosiona una larva blanca y sin patas, que las obreras alimentan muchas veces al día.
Lo que come una larva hembra decide su futuro. Todas las larvas jóvenes reciben primero jalea real, una secreción rica en proteínas producida por glándulas situadas en la cabeza de las abejas nodrizas. Las larvas destinadas a ser obreras pasan pronto a una dieta que incluye miel y polen. Una larva elegida para convertirse en reina se cría en una celda especial, más grande, y se alimenta con jalea real durante todo su desarrollo. Así, un mismo huevo puede convertirse en obrera o en reina dependiendo únicamente de la alimentación y los cuidados.
El sexo de una abeja se decide de otra manera. De los huevos fecundados nacen hembras (obreras o reinas), mientras que de los no fecundados se desarrollan machos. Este sistema se llama haplodiploidía y significa que los zánganos tienen madre, pero no padre.
Los tiempos de desarrollo varían según la casta. Una reina necesita unos 16 días desde el huevo hasta la fase adulta, una obrera unos 21 días y un zángano unos 24 días. Cuando una larva ha crecido del todo, las obreras sellan su celda con un opérculo de cera, y dentro la abeja se transforma en pupa y finalmente en adulta, que sale royendo la tapa.
Pocos días después de nacer, una reina joven abandona la colmena para realizar sus vuelos nupciales. En lo alto, en lugares donde se reúnen zánganos de muchas colonias, se aparea con varios zánganos, que mueren poco después del apareamiento. Guarda su esperma en un órgano especial y lo utiliza durante el resto de su vida, sin necesidad de volver a aparearse.
Las abejas melíferas fabrican ellas mismas su material de construcción. Las obreras de cierta edad tienen cuatro pares de glándulas cereras en la parte inferior del abdomen, que liberan pequeñas escamas finas de cera. Las abejas mastican y moldean estas escamas con sus mandíbulas y las colocan en su sitio. Producir cera cuesta mucha energía, y para ello las abejas necesitan consumir una gran cantidad de miel.
El panal está formado por dos capas de celdas hexagonales, espalda con espalda, que cuelgan en vertical. Las mismas celdas sirven de cuna para las abejas en crecimiento y de tarro para almacenar miel y polen. El hexágono no es casualidad. De las formas capaces de cubrir una superficie plana sin dejar huecos, el hexágono encierra un área determinada con la menor longitud total de paredes, por lo que ahorra cera. Los matemáticos lo sospechaban desde hacía mucho, y en 1999 el matemático estadounidense Thomas Hales publicó una demostración de la llamada conjetura del panal.
La miel empieza siendo néctar, un líquido acuoso y azucarado que producen las flores para atraer a los polinizadores. Una pecoreadora sorbe el néctar con su lengua larga en forma de tubo y lo lleva a casa en un estómago especial llamado buche o estómago de miel, separado del estómago con el que digiere su propio alimento.
De vuelta en la colmena, pasa el néctar boca a boca a abejas de interior más jóvenes. Durante este proceso, enzimas de las abejas, sobre todo una llamada invertasa, descomponen la sacarosa en dos azúcares más simples, la glucosa y la fructosa. Después, las abejas de interior extienden el líquido en capas finas dentro de las celdas, y la colonia lo abanica con las alas, creando corrientes de aire que evaporan gran parte del agua. Cuando la miel es lo bastante espesa, normalmente con menos de una quinta parte de su peso en agua, las abejas sellan la celda con un opérculo de cera.
El resultado es un alimento que los microbios estropean con mucha dificultad: contiene tanto azúcar y tan poca agua que las bacterias y los mohos no pueden crecer, y además es ligeramente ácido. Los arqueólogos han encontrado en tumbas del antiguo Egipto miel que había sobrevivido miles de años.
Fabricar miel exige un esfuerzo enorme. Una sola obrera produce en toda su vida apenas la duodécima parte de una cucharadita de miel, así que cada tarro representa el trabajo de muchísimas abejas e innumerables visitas a flores. Las abejas también recogen polen, que aporta proteínas y que transportan a casa compactado en pequeñas cestillas de las patas traseras, y propóleo, una mezcla pegajosa de resinas vegetales que usan para sellar rendijas del nido y ayudar a mantener a raya a los gérmenes.
Uno de los descubrimientos más famosos sobre el comportamiento animal es que las abejas melíferas pueden indicarse unas a otras dónde hay alimento. El científico austriaco Karl von Frisch dedicó décadas a descifrar esta comunicación, y en 1973 compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus trabajos sobre el comportamiento animal.
Cuando una pecoreadora encuentra un buen grupo de flores lejos de la colmena, regresa y realiza la danza del contoneo sobre la superficie vertical del panal, en la oscuridad del nido. Avanza en línea recta mientras sacude el abdomen de un lado a otro, luego describe un bucle para volver al punto de partida y repite el recorrido, a menudo muchas veces.
Para el alimento cercano a la colmena, las abejas usan una danza circular más sencilla, que indica a las demás que busquen en los alrededores. Las seguidoras también aprenden el aroma de las flores a partir del cuerpo de la bailarina. Las abejas incluso tienen en cuenta el desplazamiento del sol por el cielo a lo largo del día, una hazaña impresionante para un insecto con un cerebro más pequeño que un grano de arroz.
Las abejas melíferas tienen cinco ojos: dos grandes ojos compuestos formados por miles de unidades diminutas y tres pequeños ojos simples, llamados ocelos, en lo alto de la cabeza. Las abejas apenas ven el rojo, pero sí perciben la luz ultravioleta, invisible para nosotros. Muchas flores tienen dibujos ultravioleta, a veces llamados guías de néctar, que conducen a las abejas hacia el néctar. Las abejas también detectan el patrón de luz polarizada del cielo, lo que les ayuda a encontrar la dirección del sol incluso cuando está oculto tras las nubes.
Solo las hembras pueden picar, porque el aguijón es un órgano de puesta modificado. El aguijón de una obrera tiene púas orientadas hacia atrás. Cuando pica a un mamífero, las púas se enganchan en la piel elástica y, al intentar alejarse, el aguijón se le desprende del cuerpo junto con la bolsa de veneno, por lo que muere. En cambio, cuando pica a otros insectos, normalmente puede volver a sacarlo. La reina tiene un aguijón más liso y lo usa sobre todo contra reinas rivales. Una abeja que pica libera además una feromona de alarma que huele un poco a plátano y anima a otras guardianas a sumarse a la defensa.
Las abejas melíferas controlan la temperatura de su hogar con una precisión sorprendente. La zona donde se desarrollan las crías se mantiene a unos 34 o 35 °C. En los días calurosos, las obreras abanican con las alas y esparcen gotitas de agua para refrescar la colmena por evaporación. En invierno forman un racimo compacto y hacen temblar sus músculos de vuelo para producir calor, consumiendo poco a poco la miel almacenada como combustible. A diferencia de muchos insectos, una colonia de abejas melíferas no hiberna, sino que permanece activa todo el invierno.
Las abejas melíferas japonesas, una variedad de la abeja melífera oriental, usan este calor como arma. Cuando un avispón gigante entra en su nido, cientos de abejas lo rodean formando una bola apretada y hacen vibrar sus músculos, elevando la temperatura dentro de la bola hasta unos 46 °C. El avispón no sobrevive a este calor, pero las abejas sí.
Una abeja nace en una colmena, pero una colonia entera «nace» mediante la enjambrazón. En primavera, cuando una colonia está abarrotada, las obreras crían nuevas reinas. Antes de que nazca la primera, la reina vieja se marcha con una gran parte de las obreras, a menudo alrededor de la mitad de las abejas o más. El enjambre se posa temporalmente en una rama u otra superficie, formando un racimo colgante, mientras las abejas que se quedan en el nido antiguo continúan con una nueva reina.
Desde el racimo, unos cientos de abejas exploradoras experimentadas salen a inspeccionar posibles nuevos hogares, como árboles huecos. Cada exploradora informa de su hallazgo con danzas, y los mejores lugares atraen cada vez a más partidarias. El biólogo estadounidense Thomas Seeley, que estudió este proceso durante muchos años, demostró que el enjambre toma una decisión cuando suficientes exploradoras se reúnen en un mismo lugar, una especie de votación colectiva que describió en su libro Honeybee Democracy. Entonces todo el enjambre emprende el vuelo hacia el hogar elegido.
Los seres humanos buscan miel desde tiempos prehistóricos. Una pintura rupestre de las Cuevas de la Araña, cerca de Valencia (España), que se calcula que tiene unos 8000 años, muestra a una persona trepando para recoger miel de un nido silvestre mientras las abejas vuelan a su alrededor. Parte de la miel más antigua jamás encontrada procede de Georgia: los arqueólogos descubrieron restos de miel en vasijas de barro de un enterramiento cerca de Borjomi de unos 5000 años de antigüedad.
Los antiguos egipcios criaban abejas en tubos de arcilla o barro y representaron la apicultura en relieves de templos hace más de 4000 años. La miel era su principal edulcorante, y la cera de abeja se usaba en medicina, en el arte y en la momificación. En Tel Rehov, en Israel, los arqueólogos hallaron los restos de un colmenar de unos 3000 años de antigüedad, con hileras de colmenas de arcilla.
Durante la mayor parte de la historia, la miel se cosechaba rompiendo o destruyendo los panales. Esto cambió en 1851, cuando el clérigo estadounidense Lorenzo Langstroth diseñó una colmena con cuadros móviles de madera. Su idea clave fue el espacio de abeja: un hueco de algo menos de un centímetro que las abejas dejan libre como pasillo en lugar de rellenarlo con panal o propóleo. Al dejar exactamente ese espacio alrededor de cada cuadro, los apicultores podían sacar los panales, revisar la colonia y cosechar la miel sin dañar a las abejas. La mayoría de las colmenas modernas siguen basándose en su diseño.
La abeja melífera occidental fue llevada por el ser humano a todo el mundo. No es nativa de América, Australia ni Nueva Zelanda, y los colonos europeos la llevaron a Norteamérica en el siglo XVII. En 1956 se trajeron a Brasil abejas de África para experimentos de cría, y algunas escaparon. Sus descendientes, conocidas como abejas africanizadas, se extendieron por gran parte de Sudamérica y Centroamérica y llegaron al sur de Estados Unidos. Son conocidas por defender sus nidos con mucha más fiereza que las abejas europeas.
La miel puede que sea el producto más famoso de las abejas, pero su mayor regalo es la polinización. Mientras una pecoreadora va de flor en flor, los granos de polen se adhieren a los pelos ramificados de su cuerpo y llegan a la siguiente flor, lo que permite a las plantas formar semillas y frutos. Las abejas melíferas son especialmente útiles para los agricultores porque las colonias pueden trasladarse a donde se necesitan. Manzanas, cerezas, arándanos, melones, girasoles y muchos otros cultivos se benefician de sus visitas. Los almendrales de California dependen tanto de las abejas melíferas que cada primavera los apicultores llevan allí en camiones colmenas de todo Estados Unidos.
Sin embargo, las abejas melíferas no son los únicos polinizadores. Los abejorros, las abejas solitarias, las moscas, las mariposas y otros animales también polinizan cultivos y plantas silvestres, y algunas plantas son mejor polinizadas por ellos que por las abejas melíferas.
En las últimas décadas, apicultores de muchos países han informado de grandes pérdidas de colonias. A menudo actúan juntos varios problemas:
En 2006, apicultores de Estados Unidos empezaron a informar de un problema desconcertante, más tarde llamado síndrome de colapso de las colonias, en el que la mayoría de las obreras desaparecían de colmenas aparentemente sanas y dejaban atrás a la reina y el alimento. Los científicos no han logrado atribuirlo a una sola causa, y hoy se piensa en general que se debe a una combinación de factores de estrés como los mencionados.
Desde su lenguaje de danzas hasta su arquitectura de cera y su papel en la alimentación del mundo, la abeja melífera demuestra hasta dónde puede llegar un animal diminuto gracias a la cooperación. Cada obrera vive solo unas semanas, pero en conjunto la colonia se comporta casi como un único organismo capaz de vivir años, prepararse para el invierno y elegir su propio hogar.
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