La historia de Guinness World Records no empieza en una biblioteca, sino en el campo irlandés. El 10 de noviembre de 1951, sir Hugh Beaver, director gerente de la cervecera Guinness, participaba en una cacería en el condado de Wexford, en el sureste de Irlanda. A lo largo del día surgió una pregunta que nadie supo resolver: ¿cuál era el ave de caza más rápida de Europa, el chorlito dorado o el lagópodo escocés?
De vuelta en casa, Beaver consultó las obras de referencia de la época y no encontró una respuesta clara. Eso le dio una idea. Si personas instruidas podían discutir durante horas sobre un dato sencillo sin encontrar nada que lo zanjara, el mismo tipo de debate debía de producirse cada noche en miles de pubs de Gran Bretaña e Irlanda. Un libro que reuniera datos verificados sobre las cosas más grandes, más rápidas, más antiguas y más altas del mundo podría poner fin a esas discusiones y, además, llevar el nombre de Guinness a todos los lugares donde la gente se reunía para conversar.
Beaver necesitaba expertos que supieran encontrar y comprobar datos. La solución llegó a través de Christopher Chataway, empleado de Guinness y conocido corredor que en 1954 había ayudado a marcar el ritmo a Roger Bannister en la primera milla por debajo de los cuatro minutos. Chataway recomendó a dos amigos: los hermanos gemelos Norris y Ross McWhirter, nacidos el 12 de agosto de 1925.
Los McWhirter dirigían en Londres una agencia de datos que suministraba estadísticas e información a periódicos y otras editoriales. Ambos se habían formado como periodistas, a ambos les encantaba el deporte y ambos tenían una memoria extraordinaria. Cuando Beaver se entrevistó con ellos, quedó impresionado por la rapidez y la precisión con que respondían a sus preguntas. La cervecera creó una empresa para producir el libro, y los gemelos pasaron meses trabajando largas jornadas para investigar, comprobar y redactar sus entradas.
La primera edición de The Guinness Book of Records se publicó en Londres a finales de agosto de 1955. Tenía 198 páginas y en principio estaba pensada como artículo promocional para los pubs. En cambio, se convirtió en un éxito entre el público general. Para la Navidad de ese año ya encabezaba la lista de libros más vendidos del Reino Unido.
Pronto el libro empezó a actualizarse cada año, y en 1956 apareció una edición para Estados Unidos, vendida allí como The Guinness Book of World Records. En las décadas siguientes llegaron las traducciones a otros idiomas. En 1999 el título cambió a Guinness World Records, reflejo de una marca que ya había crecido mucho más allá de un único libro impreso, hacia la televisión, los productos derivados y, más tarde, internet.
Hoy el libro se publica en decenas de idiomas y se vende en unos 100 países. Él mismo es poseedor de un récord: está reconocido como una de las series de libros con derechos de autor más vendidas de todos los tiempos. También se ha señalado que es uno de los libros más robados de las bibliotecas públicas de Estados Unidos, una muestra de lo mucho que los lectores deseaban tener su propio ejemplar.
Desde el principio, el libro abarcó dos grandes tipos de récords. Los primeros son los extremos del mundo natural: la montaña más alta (el Everest), el animal más grande que ha existido (la ballena azul), el animal terrestre más rápido (el guepardo), el punto más profundo del océano y datos similares sobre planetas, clima, plantas y animales.
El segundo tipo son los logros humanos. Algunos son récords del cuerpo humano, como la estatura y la edad. Otros son récords de habilidad, fuerza, resistencia o pura imaginación. Con los años, el libro ha incluido de todo: desde hazañas deportivas y maravillas de la ingeniería hasta la pizza más grande, las uñas más largas o la mayor cantidad de personas disfrazadas del mismo personaje en un solo lugar.
No todo logro impresionante puede convertirse en un récord Guinness. La organización aplica una serie de principios a cada nueva categoría. Un récord debe ser:
Quien quiere intentar un récord primero presenta una solicitud y recibe unas directrices oficiales para esa categoría. En ellas se explica exactamente cómo debe realizarse el intento y qué pruebas se exigen. Las pruebas habituales incluyen grabaciones de vídeo, fotografías, declaraciones de testigos independientes y mediciones hechas por personas cualificadas, como topógrafos o cronometradores.
En algunos eventos, sobre todo en los grandes actos públicos o empresariales, Guinness World Records envía a un juez oficial para que presencie el intento. Si se logra el récord, el juez puede confirmarlo en el acto y entregar un certificado. Los solicitantes particulares normalmente pueden enviar sus pruebas para su revisión sin pagar, mientras que las empresas y las personas que quieren una respuesta más rápida o un juez en su evento pagan por esos servicios.
Para mucha gente, los gemelos McWhirter se convirtieron en las caras del libro. En 1972 la BBC estrenó un programa infantil llamado Record Breakers, presentado por el artista Roy Castle. Norris y Ross aparecían en el programa, y los gemelos se hicieron famosos por responder al instante, de memoria y sin notas, a las preguntas de los espectadores sobre récords.
Ross McWhirter fue asesinado en 1975 por miembros del IRA Provisional, el grupo armado activo durante el conflicto de Irlanda del Norte, después de haber ofrecido públicamente una recompensa por información que condujera a la detención de quienes ponían bombas. Norris siguió dirigiendo el libro y apareció en Record Breakers durante muchos años más. Permaneció estrechamente vinculado al libro hasta su muerte en 2004.
El libro siguió en manos de Guinness durante décadas, pero cambió de propietarios a finales del siglo XX y principios del XXI. En 2008 lo adquirió el Jim Pattison Group, una empresa canadiense que también es dueña de Ripley's Believe It or Not! La organización tiene su sede en Londres y trabaja con intentos de récord en todo el mundo.
Además del libro principal anual, la marca ha publicado ediciones especiales. Una de las más conocidas es la Gamer's Edition, publicada por primera vez en 2008, que recoge récords del mundo de los videojuegos, como speedruns y puntuaciones máximas. También ha habido series de televisión en muchos países, una base de datos en línea y un Día de Guinness World Records cada noviembre, en el que personas de todo el mundo intentan nuevos récords el mismo día.
El negocio también ha cambiado. En lugar de ganar dinero principalmente con la venta de libros, Guinness World Records obtiene ahora ingresos de la consultoría y la organización de intentos de récord para empresas, ciudades y gobiernos que buscan publicidad. Esto ha generado críticas: algunos periodistas y comentaristas sostienen que los récords pagados para campañas de marketing o para gobiernos en busca de buena imagen debilitan la idea original de una comprobación de datos neutral e independiente.
Una faceta menos conocida de Guinness World Records es que deja de reconocer deliberadamente algunos récords cuando fomentan conductas peligrosas o dañinas. Varios ejemplos muestran cómo la organización ha cambiado sus normas con el tiempo:
De este modo, el libro refleja el cambio de actitud ante la seguridad y el bienestar animal. Un récord que en los años cincuenta o sesenta parecía una diversión inofensiva puede que hoy ya no se acepte.
Guinness World Records ha tenido una influencia que va mucho más allá de zanjar discusiones en los pubs. Para generaciones de niños, el libro ha sido su primer contacto con las obras de consulta: hojear páginas sobre animales gigantes, fenómenos meteorológicos extremos y personas extraordinarias despierta la curiosidad por la geografía, la biología, la historia y la ciencia. Además, muestra en acción un sencillo hábito científico: la idea de que una afirmación debe medirse, comprobarse y respaldarse con pruebas antes de aceptarse.
Al mismo tiempo, el libro se ha convertido en parte de la cultura popular. La expresión inglesa «one for the record books», algo digno de los libros de récords, es hoy una frase corriente, e intentar un récord mundial se ha convertido en una forma habitual de que escuelas, organizaciones benéficas y comunidades recauden fondos o reúnan a la gente. Lo que empezó como una pregunta sobre dos aves en un frío día de noviembre en Irlanda se ha convertido en un catálogo mundial de los extremos de la naturaleza y de la ambición humana.
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