
Sam / Olai Ose / Skjaervoy from Zhangjiagang, China · CC BY-SA 2.0 · Wikimedia Commons
La palabra dinosaurio se usa a menudo para cualquier gran animal prehistórico, pero los científicos la emplean con mucha más precisión. Los dinosaurios son un grupo de reptiles que pertenecen al clado Dinosauria. Un clado es un grupo formado por un antepasado común y todos sus descendientes. Esta definición tiene una consecuencia sorprendente: como las aves descienden de los dinosaurios, las aves también son dinosaurios. Por eso los paleontólogos dividen el grupo en dinosaurios avianos (las aves) y dinosaurios no avianos, que incluyen a todos los dinosaurios que no eran aves, desde Triceratops hasta Tyrannosaurus.
Muchos reptiles prehistóricos famosos no son dinosaurios en absoluto. Los pterosaurios voladores, los ictiosaurios, plesiosaurios y mosasaurios marinos y Dimetrodon, con su vela en el lomo, pertenecen a otros grupos. De hecho, Dimetrodon está más emparentado con los mamíferos que con los dinosaurios, y vivió millones de años antes de que apareciera el primer dinosaurio.
Lo que convierte a un dinosaurio en dinosaurio está oculto sobre todo en el esqueleto. El rasgo más importante es la postura. Los lagartos y los cocodrilos mantienen las patas, al menos en parte, hacia los lados del cuerpo, mientras que los dinosaurios tenían las patas rectas debajo del cuerpo, como columnas. Esta postura erguida hacía más eficientes la marcha y la carrera y ayudó a algunos dinosaurios a alcanzar tamaños enormes. Relacionada con ella está una cavidad de la cadera poco común: en los dinosaurios es abierta, con un orificio en el centro, en lugar de ser una copa de hueso cerrada. Los especialistas también examinan detalles del cráneo, los brazos y el tobillo para decidir si un fósil pertenece a Dinosauria.
La gente encontró huesos de dinosaurio mucho antes de que nadie supiera qué eran. Algunos historiadores sugieren que hallazgos de fósiles en la Antigüedad pudieron inspirar leyendas de dragones y grifos, aunque es difícil demostrarlo. La historia científica comienza en la Inglaterra de principios del siglo XIX. En 1824 el geólogo William Buckland describió Megalosaurus, el primer dinosaurio no aviano que recibió un nombre científico. Un año después, Gideon Mantell bautizó a Iguanodon tras notar que sus dientes se parecían a los de una iguana actual, solo que mucho más grandes.
En 1842 el anatomista Richard Owen se dio cuenta de que estos animales compartían rasgos que los separaban de los reptiles vivos y acuñó el nombre Dinosauria. Procede de las palabras griegas deinos, que significa terrible o temiblemente grande, y sauros, que significa lagarto. El nombre se impuso, aunque los dinosaurios no son lagartos. Más tarde Owen ayudó a crear esculturas de dinosaurios a tamaño real para el parque del Crystal Palace de Londres, que se inauguró en la década de 1850 y todavía se puede visitar. Para los criterios actuales resultan extrañas: Iguanodon aparece como una bestia pesada de cuatro patas con un cuerno en la nariz. Más tarde se descubrió que ese «cuerno» era en realidad un pulgar en forma de púa.
A finales del siglo XIX, Estados Unidos se convirtió en el centro de la búsqueda de dinosaurios. Dos paleontólogos rivales, Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh, compitieron con tanta ferocidad que su enemistad se recuerda como la guerra de los huesos. Sus equipos descubrieron en el oeste estadounidense muchos dinosaurios famosos, entre ellos Stegosaurus, Triceratops y Diplodocus.
Los dinosaurios vivieron durante la era mesozoica, que comenzó hace unos 252 millones de años y terminó hace 66 millones de años. Los geólogos la dividen en tres periodos:
Los dinosaurios surgieron durante el Triásico, hace más de 230 millones de años. Algunos de los ejemplos más antiguos y conocidos, como Eoraptor y Herrerasaurus, proceden de rocas de Argentina. Estos primeros dinosaurios eran en su mayoría pequeños o medianos, caminaban sobre dos patas y compartían su mundo con muchos otros reptiles, entre ellos parientes de los cocodrilos, que a menudo eran más grandes y más abundantes.
El punto de inflexión llegó hace unos 201,3 millones de años con la extinción masiva del Triásico-Jurásico, una de las mayores extinciones masivas de la historia de la Tierra. Muchos competidores de los dinosaurios desaparecieron, y los dinosaurios se convirtieron en los vertebrados terrestres dominantes. Mantuvieron esa posición durante todo el Jurásico y el Cretácico, un reinado de mucho más de 100 millones de años.
El mundo en el que vivían cambiaba sin cesar. Al comienzo del Mesozoico casi toda la tierra firme estaba unida en un único supercontinente llamado Pangea. A lo largo de millones de años se fragmentó, y las poblaciones de dinosaurios quedaron separadas en distintas masas de tierra, donde evolucionaron en direcciones diferentes. Los fósiles muestran que los dinosaurios llegaron a todos los continentes, incluida la Antártida, que entonces era mucho más cálida que hoy.
La era de los dinosaurios fue tan larga que es fácil calcularla mal. Stegosaurus vivió en el Jurásico Superior, hace unos 150 millones de años, mientras que Tyrannosaurus rex vivió al final del Cretácico, hace unos 66 millones de años. Eso significa que entre Stegosaurus y T. rex hubo más tiempo que entre T. rex y nosotros.
En 1888 el paleontólogo británico Harry Seeley dividió a los dinosaurios en dos grandes grupos según la forma de los huesos de la cadera. Esta división sigue usándose ampliamente, aunque algunos investigadores han propuesto reorganizar las ramas principales.
Los saurisquios incluyen dos grandes linajes:
Los ornitisquios eran casi todos herbívoros, y muchos tenían un pico en la parte delantera de la boca. Entre ellos están:
Estos nombres esconden una famosa paradoja. Las aves descienden de los saurisquios, con «cadera de lagarto», y no de los ornitisquios, con «cadera de ave». La cadera parecida a la de las aves de los ornitisquios evolucionó por separado.
Los dinosaurios más grandes fueron los saurópodos, los mayores animales que jamás han caminado sobre la tierra. Se calcula que gigantes como Argentinosaurus y Patagotitan, ambos de Argentina, alcanzaban 30 metros de longitud o más y pesaban mucho más de 50 toneladas. Como sus esqueletos suelen estar incompletos, estas cifras son estimaciones y varían de un estudio a otro.
¿Cómo podía sostenerse un animal tan grande? Parte de la respuesta está en un rasgo que compartían con las aves: muchos de sus huesos tenían espacios de aire conectados a un sistema de sacos aéreos. Esto aligeraba el esqueleto sin debilitarlo mucho y además les ayudaba a respirar de forma eficiente. Sus largos cuellos les permitían alcanzar plantas en una zona amplia sin mover sus enormes cuerpos.
Entre los depredadores, Tyrannosaurus rex es el más famoso. Vivió en el oeste de Norteamérica a finales del Cretácico, llegaba a medir unos 12 metros y tenía una de las mordidas más potentes de todos los animales terrestres conocidos. Sus brazos cortos se han convertido en motivo de bromas, pero eran muy musculosos. Spinosaurus, del norte de África, era aún más largo, y muchos paleontólogos creen que pasaba gran parte del tiempo cazando peces en los ríos, aunque todavía se debate hasta qué punto vivía en el agua.
No todos los dinosaurios eran enormes. Muchos tenían el tamaño de una gallina o de un pavo. A diferencia de su imagen en el cine, Velociraptor era aproximadamente del tamaño de un pavo, y los fósiles muestran en los huesos de sus brazos protuberancias donde se sujetaban las plumas. El dinosaurio vivo más pequeño es el colibrí zunzuncito de Cuba, que pesa solo unos 2 gramos.
En 1861, unos trabajadores de una cantera de caliza de Solnhofen, en Alemania, encontraron Archaeopteryx, un animal de unos 150 millones de años con plumas y alas, pero también con dientes, dedos con garras y una larga cola ósea. En la década de 1860 el biólogo Thomas Henry Huxley señaló las grandes semejanzas entre las aves y los pequeños dinosaurios carnívoros. La idea obtuvo un amplio apoyo después de 1969, cuando John Ostrom describió Deinonychus, un depredador ágil y parecido a un ave. Así comenzó lo que a menudo se llama el «renacimiento de los dinosaurios», una nueva visión de los dinosaurios como animales activos y enérgicos, y no como lagartos lentos, fríos y atrapados en los pantanos.
La prueba definitiva llegó de China. En 1996 los científicos describieron Sinosauropteryx, el primer dinosaurio no aviano hallado con restos de una cubierta parecida a plumas. Desde entonces se han encontrado plumas o filamentos sencillos en muchos dinosaurios, entre ellos Microraptor, con cuatro alas, y Yutyrannus, un gran pariente de T. rex. Probablemente las plumas sirvieron primero para dar calor y para exhibirse, y solo más tarde para volar. Estudiando unas diminutas estructuras de pigmento llamadas melanosomas, conservadas en plumas fósiles, los investigadores incluso han estimado los colores de algunos dinosaurios; Sinosauropteryx, por ejemplo, parece que tenía una cola anillada de color pardo rojizo.
Todos los dinosaurios conocidos ponían huevos. En la década de 1920, las expediciones dirigidas por Roy Chapman Andrews al desierto de Gobi, en Mongolia, hallaron algunos de los primeros nidos reconocidos como nidos de dinosaurio. Un esqueleto cercano recibió el nombre de Oviraptor, que significa «ladrón de huevos», porque los científicos pensaron que había muerto mientras robaba huevos. Décadas después se hallaron fósiles de animales emparentados sentados sobre nidos con los brazos extendidos sobre los huevos, en la misma postura que adoptan las aves al empollar. El supuesto ladrón era muy probablemente uno de los progenitores. En Montana, las zonas de anidación del dinosaurio con pico de pato Maiasaura, cuyo nombre significa «lagarto buena madre», indican que algunos dinosaurios cuidaban de sus crías después de la eclosión.
Durante mucho tiempo se imaginó a los dinosaurios como animales de sangre fría, como los lagartos actuales. Hoy muchas pruebas indican que, al menos muchos de ellos, tenían un metabolismo elevado, más parecido al de las aves y los mamíferos. Los anillos de crecimiento y la estructura de sus huesos muestran que muchas especies crecían deprisa. Había dinosaurios que vivían en regiones polares con inviernos largos y oscuros, y muchos estaban cubiertos de plumas aislantes. Los científicos todavía debaten hasta qué punto eran de sangre caliente los distintos grupos, y la respuesta podría variar de un grupo a otro.
Hace unos 66 millones de años, la era de los dinosaurios no avianos terminó de golpe con la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Desaparecieron aproximadamente tres cuartas partes de todas las especies de plantas y animales de la Tierra, entre ellas todos los dinosaurios no avianos, los pterosaurios y los grandes reptiles marinos.
En 1980 el físico Luis Alvarez y su hijo, el geólogo Walter Alvarez, junto con otros colegas, propusieron que un gran asteroide había chocado contra la Tierra. Su pista fue una fina capa de arcilla, presente en todo el mundo en el límite entre las rocas del Cretácico y las posteriores, que contiene niveles inusualmente altos de iridio, un elemento escaso en la corteza terrestre pero más común en los asteroides. En la década de 1990 se identificó el lugar del impacto: el cráter de Chicxulub, enterrado bajo la península de Yucatán, en México, y de más de 150 kilómetros de ancho. Se calcula que el asteroide medía unos 10 kilómetros de diámetro.
El impacto lanzó enormes cantidades de polvo y gases a la atmósfera, lo que bloqueó la luz solar, enfrió el planeta y alteró las cadenas alimentarias. Más o menos al mismo tiempo, enormes erupciones volcánicas en la India, que formaron los traps del Decán, también liberaban gases. La mayoría de los científicos considera que el asteroide fue la causa principal, mientras sigue el debate sobre cuánto contribuyeron los volcanes a la crisis.
Un linaje de dinosaurios superó la catástrofe. Las aves pequeñas, con plumas y pico, sobrevivieron, quizá gracias a su pequeño tamaño y a su capacidad de comer semillas. Después se diversificaron hasta dar lugar a las más de 10 000 especies de aves que viven hoy, desde pingüinos y avestruces hasta águilas y gorriones. La próxima vez que veas una paloma, estarás mirando a un dinosaurio vivo. Entre los animales actuales, los parientes más cercanos de las aves son los cocodrilos, que comparten un antepasado común con los dinosaurios.
La extinción también abrió el camino a los mamíferos. Los mamíferos habían vivido junto a los dinosaurios durante mucho más de 100 millones de años, pero la mayoría siguió siendo pequeña. Una vez desaparecidos los grandes dinosaurios, los mamíferos evolucionaron hacia muchas formas nuevas, entre ellas, con el tiempo, las ballenas, los elefantes y los seres humanos.
Todo lo que sabemos sobre los dinosaurios no avianos procede de los fósiles. Los huesos y los dientes son lo que más a menudo se conserva, normalmente cuando un animal quedó enterrado rápidamente en barro o arena que más tarde se convirtió en roca. Los científicos también estudian los icnofósiles: huellas que revelan cómo caminaban los dinosaurios y si se desplazaban en grupo, excrementos fosilizados llamados coprolitos que muestran qué comían, y gastrolitos, piedras que tragaban algunos herbívoros.
Las herramientas modernas han transformado esta ciencia. Los escáneres de tomografía computarizada permiten ver el interior de los cráneos para estudiar el cerebro y el oído interno. Los microscopios revelan en los huesos anillos de crecimiento que indican la edad de un animal al morir. Los modelos informáticos ponen a prueba lo rápido que podían correr los dinosaurios o la fuerza con que podían morder. Los paleontólogos han nombrado más de mil especies de dinosaurios no avianos, y cada año se describen otras nuevas, muchas de ellas de Argentina, China y Estados Unidos.
La ciencia también se corrige a sí misma. Durante mucho tiempo Brontosaurus se consideró solo otro nombre de Apatosaurus, pero un estudio de 2015 sostuvo que ambos son lo bastante distintos para ser géneros separados, y el famoso nombre volvió a usarse. Cada nuevo fósil puede cambiar el panorama, y por eso el estudio de los dinosaurios sigue siendo uno de los campos más vivos de la ciencia.
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