
Baco y Ariadna es un óleo sobre lienzo del maestro veneciano Tiziano, realizado entre 1520 y 1523. Mide unos 176 por 191 centímetros y hoy cuelga en la National Gallery de Londres. El cuadro no se pintó para una iglesia ni para un edificio público, sino para una pequeña estancia privada de uno de los príncipes más ambiciosos del Renacimiento italiano: Alfonso I de Este, duque de Ferrara.
Alfonso era un militar famoso por sus cañones, pero también un coleccionista apasionado. En el pasadizo que unía su castillo con el palacio ducal de Ferrara acondicionó un estudio que más tarde se conoció como Camerino d’Alabastro, el «pequeño gabinete de alabastro», porque sus paredes estaban revestidas de relieves de mármol tallado. Para esta sala quería una serie de grandes pinturas con escenas de la mitología antigua, cada una basada en un texto clásico, como si los pintores compitieran con las obras maestras perdidas de la antigua Grecia descritas por los escritores romanos. El programa se concibió probablemente con la ayuda de eruditos humanistas de la corte ferraresa.
Alfonso apuntaba alto. Primero recurrió a los pintores más famosos de Italia. Giovanni Bellini, antiguo maestro de Tiziano, entregó El festín de los dioses en 1514. A Fra Bartolomeo, en Florencia, se le pidió una escena del culto a Venus, pero murió en 1517 tras hacer solo un dibujo. A Rafael, en Roma, se le asignó el tema de un Triunfo de Baco y recibió un pago por adelantado, pero fue aplazando el trabajo y murió en abril de 1520 sin haberlo pintado.
Tiziano, que entonces tenía unos treinta años y ya era el pintor más destacado de Venecia, tomó el relevo. Acababa de terminar la enorme Asunción de la Virgen para la iglesia de los Frari, descubierta en 1518, y ese retablo había consolidado su fama. Para el Camerino pintó La ofrenda a Venus (1518–1519), luego Baco y Ariadna y, por último, Los andrios (hacia 1523–1526). Más tarde retocó también El festín de los dioses de Bellini y repintó parte de su paisaje para que armonizara con sus propios cuadros. El pintor ferrarés Dosso Dossi también contribuyó a la decoración de la sala.
El trabajo no fue sencillo. Las cartas de los agentes del duque en Venecia muestran a un Alfonso cada vez más impaciente, porque Tiziano lo hacía esperar, ocupado en otros encargos. Tiziano comenzó Baco y Ariadna en Venecia y lo terminó en la propia Ferrara a comienzos de 1523.
La pintura narra una historia de la mitología griega. Ariadna, princesa de Creta, ayudó al héroe Teseo a escapar del Laberinto después de que este matara al Minotauro. Teseo se la llevó consigo, pero luego la abandonó mientras dormía en la isla de Naxos. Cuando ella despertó, sola en la orilla, llegó el dios del vino, Baco (Dioniso para los griegos), con su ruidoso séquito. Se enamoró de ella al instante, le prometió hacerla su esposa y, como prueba de su amor, lanzó su corona al cielo, donde se convirtió en una constelación.
Tiziano combinó varias fuentes antiguas. Las principales son los poetas romanos Ovidio, que cuenta la historia en las Metamorfosis y en su Ars amatoria («El arte de amar»), y Catulo, cuyo largo poema sobre las bodas de Peleo y Tetis describe con vivo detalle a los salvajes acompañantes de Baco. En lugar de ilustrar los poemas verso a verso, Tiziano eligió el instante más dramático: el momento en que el dios y la mortal se ven por primera vez.
El lienzo está dividido en dos mitades. A la izquierda, Ariadna está de pie en la playa, con un manto azul y una faja de un rojo intenso. Había seguido con la mirada, mar adentro, la lejana nave de Teseo, que se ve alejarse en el horizonte, en el extremo izquierdo, con el brazo aún tendido hacia el agua, y ahora gira sorprendida y asustada hacia el dios. A la derecha, toda una comitiva sale en tropel de un bosque. En el centro, Baco, envuelto en una capa rosa que ondea al viento y coronado de hojas de vid, salta de su carro hacia ella, con el cuerpo suspendido en el aire. Su mirada se cruza con la de ella, y esa mirada une a las dos figuras.
El carro va tirado por dos grandes felinos, identificados por lo general como guepardos. Probablemente se inspiraron en animales de la colección de fieras del duque. Tras Baco llega su bullicioso cortejo:
En lo alto del cielo, sobre Ariadna, brilla un anillo de ocho estrellas: la constelación de su corona, la Corona Boreal. Así, Tiziano muestra a la vez el principio y el final de la historia: el primer encuentro y la promesa del futuro de Ariadna entre las estrellas.
Baco y Ariadna se elogia a menudo como una de las demostraciones más brillantes del amor veneciano por el color. El cielo está pintado con azul ultramar, un azul profundo obtenido de la piedra semipreciosa lapislázuli, más cara que el oro. Tiziano contrapuso este azul frío a rojos cálidos, carnaciones rosadas y tonos amarillo anaranjados, y empleó el mismo azul intenso para el manto de Ariadna, de modo que su figura resalta contra el mar y el cielo. Los estudios técnicos de la National Gallery han detectado además pigmentos naranjas y amarillos poco comunes, entre ellos raros colores a base de arsénico, utilizados en los ropajes y en las vasijas doradas.
Una diagonal divide la composición en dos triángulos: arriba a la izquierda, una extensión tranquila de cielo y mar azules, donde solo se mueven los dos enamorados; abajo a la derecha, la comitiva apretada y ruidosa, en verdes y marrones. Todas las figuras parecen estar en movimiento y, sin embargo, la escena es perfectamente clara. Tiziano trabajaba directamente sobre el lienzo y cambiaba de idea sobre la marcha: las radiografías y las imágenes infrarrojas revelan cambios que hizo en figuras y detalles durante el trabajo. Sobre una urna dorada que descansa en un paño amarillo, abajo a la izquierda, firmó el cuadro con la forma latina de su nombre: TICIANVS.
Las pinturas permanecieron en el Camerino solo unos setenta y cinco años. En 1598, tras la muerte sin heredero legítimo del último duque de la casa de Este, Ferrara pasó a los Estados Pontificios, y el legado papal, el cardenal Pietro Aldobrandini, se llevó los cuadros a Roma. Más tarde el conjunto se dispersó. La ofrenda a Venus y Los andrios llegaron a España en la década de 1630 y hoy están en el Museo del Prado de Madrid. El festín de los dioses de Bellini acabó en la National Gallery of Art de Washington.
Baco y Ariadna permaneció en colecciones romanas durante dos siglos. Después, como muchas obras maestras italianas en la época de las guerras napoleónicas, fue vendido, y en 1806 llegó a Inglaterra. En 1826 se compró para la recién fundada National Gallery de Londres, por lo que es una de las primeras adquisiciones del museo. Entre 1967 y 1968 el cuadro se limpió del viejo barniz amarillento. El resultado sacó a la luz los deslumbrantes azules y rojos que hoy ven los visitantes, pero también provocó un encendido debate: algunos críticos sostuvieron que la limpieza había ido demasiado lejos. Junto con el barniz se perdió algo de pintura original, que hubo que retocar, y las opiniones sobre el resultado siguen divididas hoy en día.
Con los cuadros del Camerino, Tiziano contribuyó a inventar un nuevo tipo de pintura: grandes escenas sensuales de la poesía antigua, pintadas con una libertad y una energía que rivalizaban con la escultura y la literatura de la Antigüedad. Este camino condujo directamente a las poesie mitológicas que pintó tres décadas después para el rey Felipe II de España, como Diana y Acteón, donde de nuevo convirtió los relatos de Ovidio en dramas de encuentros repentinos y fatales.
Las bacanales de Ferrara tuvieron una larga vida posterior. En el siglo XVII, cuando La ofrenda a Venus y Los andrios todavía podían estudiarse en Roma, artistas como Pedro Pablo Rubens, Nicolas Poussin y Anton van Dyck los copiaron o aprendieron de ellos, y Rubens pintó sus propias versiones. El propio Baco y Ariadna ha inspirado desde entonces a pintores, poetas y músicos. Algunos estudiosos han sugerido que el poeta inglés John Keats, que conocía el cuadro, se inspiró en él en sus versos sobre Baco y su cortejo, y para generaciones de artistas que visitaron la National Gallery ha seguido siendo una referencia del color renacentista.
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