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La palabra anime es una abreviatura japonesa de animēshon, la pronunciación japonesa del término inglés «animation» (animación). Curiosamente, la palabra significa cosas algo distintas según el lugar. En Japón, anime designa sencillamente cualquier obra animada, ya sea una película de Disney, un corto checo de marionetas o una serie de televisión japonesa. Fuera de Japón, y en particular en inglés y en español, anime significa animación producida en Japón.
Con el tiempo, la palabra también ha pasado a describir un estilo visual reconocible: caras expresivas, ojos grandes, pelo de colores, dramáticas líneas de velocidad y fondos pintados con esmero. Por eso, las series animadas de otros países que adoptan estos rasgos suelen describirse como de «estilo anime», y muchos videojuegos usan la misma estética. Aun así, el anime no es un solo estilo ni un solo género. Es todo un medio que incluye comedias, historias deportivas, ciencia ficción, dramas históricos, misterios y relatos tranquilos sobre la vida cotidiana, creados para todas las edades, desde niños pequeños hasta adultos.
Antes de que anime se convirtiera en el término habitual en Japón, se usaban otras palabras. A principios del siglo XX, las películas animadas se llamaban senga eiga («películas de dibujo lineal») o manga eiga («películas de dibujos»), y los estudios también empleaban la palabra dōga («imágenes en movimiento»). La breve palabra anime se extendió ampliamente a partir de la década de 1970. En los años ochenta, los aficionados de habla inglesa usaban a veces el término «Japanimation», que hoy ha caído en desuso.
La animación japonesa tiene más de cien años. En 1917, varios artistas que trabajaban por separado estrenaron en los cines las primeras películas animadas japonesas. Entre ellos estaban Ōten Shimokawa, Seitarō Kitayama y Jun'ichi Kōuchi. Eran películas cortas, mudas y casi siempre en blanco y negro. Namakura Gatana de Kōuchi (a menudo traducida como La espada sin filo), una historia cómica sobre un samurái que compra una hoja inútil, es la película animada japonesa más antigua que se conserva. Una diminuta tira de película conocida como Katsudō Shashin, descubierta en Kioto en 2005, podría ser aún más antigua, pero su fecha exacta es incierta.
Los primeros animadores experimentaron con muchas técnicas. Algunos dibujaban directamente sobre papel o pizarras, mientras que otros usaban figuras de papel recortado que movían ligeramente entre cada fotografía. Las láminas de celuloide («cels» o acetatos) eran caras en el Japón de la época, por lo que la animación con recortes siguió siendo popular durante años.
Durante los años treinta y la Segunda Guerra Mundial, el gobierno japonés utilizó la animación como propaganda. El resultado más famoso fue Momotaro: los marinos divinos (1945), dirigida por Mitsuyo Seo, considerada el primer largometraje animado japonés. Aunque se hizo para apoyar el esfuerzo bélico, su ambición técnica demostró que los estudios japoneses podían producir películas animadas de larga duración.
Tras la guerra, la empresa que se convertiría en Toei Animation se propuso crear películas capaces de competir con los estudios estadounidenses. En 1958 estrenó Hakujaden (La leyenda de la serpiente blanca), el primer largometraje animado japonés en color. Muchos artistas que después se hicieron famosos, entre ellos Hayao Miyazaki, comenzaron su carrera en Toei en los años siguientes.
La persona a la que más se atribuye la formación del anime moderno es Osamu Tezuka, un dibujante de cómics enormemente prolífico conocido en Japón como el «dios del manga». Tezuka admiraba los dibujos animados estadounidenses de Walt Disney y de los hermanos Fleischer, y su influencia se nota en los ojos grandes y redondos de sus personajes. Esos ojos se convirtieron en uno de los rasgos más reconocibles del anime y del manga.
En 1963, el estudio de Tezuka, Mushi Production, convirtió su manga Tetsuwan Atom, conocido en español como Astroboy, en una serie de televisión semanal. Fue un reto enorme: cada semana había que terminar un nuevo episodio de una media hora con un presupuesto ajustado. Para lograrlo, el equipo de Tezuka recurrió en gran medida a la animación limitada, un conjunto de trucos que reducen el número de dibujos. Reutilizaban secuencias, mantenían los cuerpos quietos mientras solo se movían las bocas, congelaban poses dramáticas y movían la cámara sobre una única imagen. Astroboy fue un éxito en Japón y se emitió también en Estados Unidos, por lo que se convirtió en una de las primeras series de anime vistas ampliamente en el extranjero.
Los métodos desarrollados para Astroboy marcaron la industria durante décadas. Como el anime no podía permitirse el movimiento fluido y constante de los costosos largometrajes estadounidenses, sus creadores se centraron en otras virtudes: composiciones llamativas, primeros planos emotivos, argumentos largos y complejos y un uso audaz de los fotogramas fijos. Lo que empezó como una solución de presupuesto se convirtió en un lenguaje artístico propio. En 1965, Mushi Production creó también Kimba, el león blanco (Jungle Taitei, «El emperador de la selva»), la primera serie de televisión de anime en color.
En los años setenta, el anime empezó a contar historias más largas y serias para espectadores mayores. Space Battleship Yamato (1974) seguía a una tripulación en una misión desesperada para salvar la Tierra, y Mobile Suit Gundam (1979), creada por Yoshiyuki Tomino, presentaba los robots gigantes como máquinas militares realistas y no como superhéroes. Gundam inauguró el estilo «real robot» de las historias de mechas (robots) y sigue siendo una de las mayores franquicias de Japón, famosa por sus maquetas de plástico.
Los años ochenta trajeron el mercado del vídeo doméstico, que permitió a los estudios lanzar animaciones originales en vídeo (OVA) directamente al público sin pasar por la televisión. En 1988, la película Akira de Katsuhiro Ōtomo, ambientada en un Tokio futurista, asombró al público con su animación detallada y fluida y ayudó a dar a conocer el anime a muchos espectadores de los países occidentales.
En 1985, los directores Hayao Miyazaki e Isao Takahata, junto con el productor Toshio Suzuki, fundaron Studio Ghibli. El estudio se hizo famoso por sus películas dibujadas a mano, con ricos paisajes naturales, jóvenes heroínas reflexivas y un profundo respeto por la naturaleza. Entre sus obras más conocidas están Mi vecino Totoro (1988), Nicky, la aprendiz de bruja (1989), La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro (2001). El viaje de Chihiro ganó el Oso de Oro del Festival Internacional de Cine de Berlín y, en 2003, el Óscar a la mejor película de animación. Dos décadas después, El chico y la garza de Miyazaki ganó el mismo premio en 2024.
Los años noventa convirtieron el anime en un fenómeno mundial. Series como Dragon Ball Z, Sailor Moon y, sobre todo, Pokémon (emitida por primera vez en Japón en 1997) se doblaron a muchos idiomas y se emitieron en canales infantiles de todo el mundo. Pokémon fue especialmente poderosa porque el anime, los videojuegos y las cartas coleccionables se impulsaban mutuamente, una estrategia hoy habitual en la industria.
Al mismo tiempo, el anime dirigido a adolescentes y adultos atrajo la atención de la crítica. Neon Genesis Evangelion (1995), dirigida por Hideaki Anno, combinaba robots gigantes con un profundo drama psicológico, mientras que la película Ghost in the Shell (1995) de Mamoru Oshii exploraba preguntas sobre la tecnología y la identidad humana que influyeron en posteriores películas de ciencia ficción occidentales.
En el siglo XXI, los servicios de streaming hicieron posible ver episodios nuevos fuera de Japón pocas horas después de su emisión japonesa, a menudo con subtítulos en muchos idiomas. Your Name (2016), de Makoto Shinkai, fue un éxito de taquilla en toda Asia y más allá, y Guardianes de la noche: Tren infinito (2020) superó a El viaje de Chihiro como la película más taquillera jamás estrenada en Japón.
Muchas series de anime son adaptaciones. La mayoría se basan en manga (cómics japoneses), pero también proceden de novelas ligeras (novelas breves ilustradas para lectores jóvenes), videojuegos y novelas visuales. También existen historias originales escritas directamente para la animación, que los fans suelen valorar mucho.
Los proyectos de anime suelen financiarse mediante un comité de producción, un grupo de empresas como editoriales, discográficas, fabricantes de juguetes, cadenas de televisión y distribuidoras de vídeo. Cada miembro invierte dinero y a cambio obtiene ingresos en su propio ámbito, por ejemplo vendiendo la banda sonora, los libros o el merchandising. Este sistema reparte el riesgo económico, pero también significa que muchas personas opinan sobre cómo se hace una serie.
Una producción típica pasa por varias etapas:
Durante décadas, los dibujos se calcaban y pintaban a mano sobre acetatos transparentes. Desde finales de los años noventa, los estudios pasaron al coloreado y la composición digitales, aunque muchos dibujos clave todavía se hacen con lápiz y papel o se dibujan a mano en tabletas. La veterana comedia familiar Sazae-san fue una de las últimas series en dejar los acetatos y pasó a la producción digital en 2013.
El cine se proyecta a 24 fotogramas por segundo, pero el anime rara vez usa 24 dibujos distintos por segundo. Muchas escenas se animan «a tres», es decir, cada dibujo se mantiene durante tres fotogramas, lo que da 8 dibujos por segundo. Así, los animadores reservan su esfuerzo para los momentos clave, como peleas, transformaciones o escenas emotivas, que pueden animarse de forma mucho más completa.
El anime suele clasificarse según el público al que va dirigido principalmente, con categorías que proceden de las revistas de manga:
Estas etiquetas describen el público objetivo, no quién puede verlo, y muchas series shōnen tienen una enorme cantidad de fans femeninas, y viceversa. El anime también se divide en géneros. Las historias de mechas presentan robots gigantes, las de chicas mágicas siguen a chicas que se transforman para luchar contra el mal, las series de recuentos de la vida se centran en la vida cotidiana en la escuela o el trabajo, y las historias isekai («otro mundo») envían a sus héroes a un mundo de fantasía, un género que se hizo muy popular en la década de 2010.
El anime es una de las exportaciones culturales más importantes de Japón. Según la Association of Japanese Animations, el mercado total relacionado con el anime alcanzó casi 3 billones de yenes en 2022, y para entonces las ventas fuera de Japón representaban alrededor de la mitad. El gobierno japonés ha promovido el anime como parte de su estrategia «Cool Japan» para difundir el interés por la cultura japonesa.
La influencia del anime va mucho más allá de la televisión. Ha inspirado a muchos animadores y directores de cine occidentales, ha marcado el estilo artístico de innumerables videojuegos y ha despertado en todo el mundo el interés por aprender japonés. Los fans se reúnen en grandes convenciones, como Anime Expo en Los Ángeles, donde muchos participan en el cosplay, disfrazándose de sus personajes favoritos. Las canciones de las series, conocidas como anison, son un género musical propio, y sus intérpretes dan conciertos ante grandes públicos.
Desde unos pocos minutos de figuras mudas de papel recortadas a mano en 1917 hasta grandes éxitos de taquilla y series que se ven por streaming en todos los continentes, el anime ha demostrado cómo los límites pueden convertirse en una fuente de creatividad. Su mezcla de mundos imaginativos, personajes memorables y arte cuidadoso explica por qué público de todas las edades sigue volviendo a él.
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